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domingo, 8 de junio de 2008

Devaluados tiempos

Este cuento breve aparece publicado en el número 8 de la revista CATAFICCIA www.cataficcia.blogspot.com)




Hoy tampoco lograré reunir la suma requerida.

Agustina se reirá de mí cuando llegue otra vez con la cantidad incompleta pidiéndole que, por favor, la acepte como anticipo. “Ya te acepté muchos anticipos ¿no?” –Me dirá. Yo, con estúpida cara suplicante, la persuadiré para que acceda, apelando a los viejos tiempos… Cuando no me cobraba… Cuando no había necesidad porque su hermosura y juventud le permitían percibir mayores ganancias. Sin cobrar.

En esos tiempos, viejos, yo tampoco necesitaba pagar porque me quisieran. Y cómo desperdigaba el dinero que hoy me falta para completarle a Agustina, a quien voy a ver, ni siquiera porque todavía me guste; sino por nostalgia cursi de esos tiempos, como ella y yo, también devaluados.

domingo, 30 de marzo de 2008

En el exceso de luz



Era como campanadas el sonido maldito que parecía venir de otro mundo y que, en poco tiempo, terminó por alborotar a la ciudad entera.

Nadie permanecía dentro de su casa. Nadie, salvo Penélope y yo en la semidesnudez del pre fornicio. Trataba en vano de persuadirla para que no se desdesvistiera… Por primera vez mis manos, mis labios y sus pechos coincidían al mismo tiempo con esta realidad y ahora, ese maldito ruido, como campanario, que parecía venir de otro mundo me arrebataba con invisible fuerza sus labios y su piel… ¡Por mí podía explotar el mundo! Hacerle el amor a Penélope era desde hace tiempo lo único que motivaba cada paso de mi existencia. Pero ella, mujer al cabo, no compartió conmigo, hombre al fin, la jerarquización de las cosas importantes.

“¡Sal ya!” Me gritaba con su acento español desde la puerta, pero la inmensa melancolía de verla otra vez inaccesible me tumbó sobre la cama; con mi nostalgia derecha acaricié la sábana que permanecería virgen de ella… por culpa de esas malditas campanas que parecían lanzar sus gritos desde otro mundo.

Con plomo en los pies logré dirigirme hasta la ventana, desde donde podía observarse a la multitud desconcertada mirando hacia las esquinas del cielo, con gran azoro, en la búsqueda del origen de la repentina luz que iluminaba todo en plena madrugada. A la distancia, sobre las azoteas, entre cables y antenas, detrás de las bajas montañas que circundan la ciudad ocultas siempre tras la polución. Ahí. Justamente ahí donde el horizonte acaba y el cielo inicia. Ahí. Dos cuchilladas violeta partían las nubes, como naranja desangrándose, para dejar entrar ese otro mundo de donde parecían venir los tañidos estruendosos de campanadas de campanas de campanarios que no eran tal.

El ruido cegó abruptamente todos los oídos; la luz inundó el panorama impidiendo a todos los ojos ver con nitidez la aparición majestuosa de aquella soberbia entidad ya manifestada por completo en lo largo y ancho del firmamento. Un fétido aroma era su aliento; la luz, su misma presencia, y su respiración no era otra cosa que aquél sonido nefasto y maldito anunciando a todos el final, porque, en ese justo momento, despertó quien soñaba la historia dejándonos a todos invisibles en el exceso de luz.

sábado, 15 de marzo de 2008

Extravío



Ayer perdí mi cartera. No sé como, no sé a qué hora, no se dónde: desconocimientos todos que aunque parezcan evidentes no lo son, ya que es posible tener certeza precisa del modo, hora y lugar donde ocurre la pérdida. Tal certeza evita la obstinación de empresas inútiles; como vaciar cajones una y otra vez, mover libreros, escarbar por las cavidades cerebrales buscando el recuerdo iluminador; e incluso mirar con desconfiados ojos inquisitivos al gran número de sospechosos que de pronto aparecen por todos lados.

La tarde entera y la noche toda busqué mi cartera por cada rincón de la casa. Llegó la mañana y, con el nuevo sol, el viejo sentimiento de resignación que acude a dar palmaditas que no consuelan. Cepillaba mis dientes cuando en el espejo miré la cara de un tipo nuevo; una cara nada parecida a la fotografía que está en mi recién perdida credencial de elector. No soy yo; definitivamente no soy yo; y debo confesar que mi nombre nunca me gustó. Y ¿qué es un nombre a fin de cuentas? “démosle otro nombre a la rosa y aún así seguirá brindándonos su aroma y su color” ¿No?
¡Ya está! un ángel fue quien me robó la cartera para darme una estupenda oportunidad. Ni siquiera enjuagué mi boca; la emoción me lo impidió. Preso de una ansiedad febril entré a mi cuarto a preparar una maleta con todas las cosas que valía la pena perder: cartas, celular, agendas, diarios, fotografías, diplomas... Adiós maleta vieja, adiós rancios recuerdos, voy a cambiarme el nombre, voy a comenzar de nuevo. Ahí va la foto de mis padres, voy a inventarme un linaje mejor; y los insípidos diarios y las agendas con fecha y hora de todas las cosas que nunca quise hacer. Adiós.
Ángel mío mándame una señal de que todo el pasado quedará atrás. Escucho campanitas: el camión de la basura. ¡Gracias ángel guardián! Y la maleta, cerrada y repleta de cosas que ya jamás harán mal, entre campanitas, se va.
Cuando alguien llame, gracias al número en una de las tarjetas de presentación, preguntando por mí, le diré: “no, señor, no sé de quién habla. No conozco al tipo ese que perdió su cartera”. ¡Ya imagino al imbécil, desilusionado y frustrado! esperando recompensa por devolver credenciales y cosas que cree que tienen algún valor. “Lo siento, estúpido, date cuenta de que tus prioridades no son prioritarias”.
Eso mientras cambio el número telefónico de casa... es más, ¡mientras me voy de la casa!, siempre he querido vivir en la playa. Vendo todo y me largo este fin de semana. Ah cómo me va a extrañar don Pancho, y qué poquito voy a extrañar sus periódicos. Poquito menos, claro, que a Magdalena, quien seguro llorará cuando ya no me vea; igual o tal vez más de lo que lloraba cuando nos veíamos; sólo que ahora sin mí.

Tengo tantas ganas de decirle al mundo entero que ahora soy otro, pero no. No se lo diré a quienes conozco, mejor que me conozcan los nuevos amigos que haré en la costa; a ellos les va a caer mucho mejor este nuevo yo. A ellos les platicaré de un tipo, amigo mío, que soñaba con largarse a la playa y nunca tuvo, como yo, el valor de mandar todo al carajo para realizar sus sueños a la orilla del mar. Ah cómo nos vamos a reír de ese pobrecito amigo mío.
Tanto buen humor abre el apetito, así que para celebrar el comienzo de mi nueva vida, el nacimiento de mi nuevo yo, vine a desayunar al café de siempre a pedir lo de siempre, por última vez.
Todavía no me sentaba, con la espalda alineada y el puño en la barbilla para poner en práctica la nueva postura del nuevo yo, cuando doña Dolores, con el tipludo tono de siempre, la distraída mirada de siempre, la misma sonrisa-mueca de siempre, me decía: “Joven, le juro que no la abrí para nada eh, aquí está su cartera que se le olvidó ayer.” La puso en mi mesa y yo ya no desayuné.

domingo, 9 de marzo de 2008

Égloga I

églogas pachecas.
escrividas por Palurdo

Égloga I
AL VIRREY DE NOPALES
Personas: Ficticio, Rumoroso


El dulce lamentar de dos pachecos, Ficticio juntamente y Rumoroso que al estárselas tronado en las islas de la Facultad de Filosofía y Letras, compartían hazañas, penares y un carrujo de mota tamaño familiar.

FICTICIO.- No mames ca’ ¿Apoco si le diste la carta que le escribiste sin conocerla?
RUMOROSO.- Si, Ficticio, hermano mariguano, pero mi penar es tan penoso que de ahora en adelante podrás llamarme: Rumoroso el penaroso.
FICTICIO.- Pues suelta la lengua y cuenta, después de una fuerte aspiración, a mí tus penas, que soy receptáculo de tu tribulación.
RUMOROSO.- Receptaculito, mi buen, de cariño.
FICTICIO.- (Aguantando el humo) No mames.
RUMOROSO.- Pues mira, te conté que al mirarla en la Cafe de la Fac de Filos, su belleza fue la inspiración de ocho cuartillas que mi puñetero puño le dedicó sin saber siquiera el nombre suyo. Armándome de valor, después de nuestra pachequiza del viernes pasado, la encuentro ca’, en el aeropuerto y, teniendo su carta en la mochila, presto me animé a dársela, pa’ ver si ella se animaba a prestármelas. Pero he comprobado con no poco dolor del alma mía, la falsedad de aquel dicho ilusorio: “Verbo mata carita”… Pasé la semana entera buscándola y hoy la hallé encontrándome a la vez su indiferencia y su desdén. ¡Salid, ni pedo, lágrimas corriendo!
FITICIO.- Calma Rumoroso, no nades tus niñas en tan leve y vano dolor. Que peor puede ser que te hagan caso.
RUMOROSO.- ¿Qué me dices ingrato, te burlas de mi mal?, tú de amor no sabes nada.
FICTICIO.- Como cualquiera sé lo mismo yo. He de contarte que también hice llegar mis cartas a la dueña de mis ansias, la émula del sol con ojos que imitan el color de esa hermosa mota oaxaqueña; que cursa se Letras Inglesas la carrera, por quien osé faltar más de una vez a clase de Mariana Ozuna privándome del merecido taco de ojo que nos brinda al escribir en la pizarra.
RUMOROSO.- Qué bien dices lo de la pizarra; con tal de verla explicar con tiza pase por imbécil al preguntar más que cualquiera. Pero bien valía la pena. ¡Salud por ella!
FICTICIO.- ¿Por mi Galatea?
RUMOROSO.- No qué va, por Marianita Ozuna, y por el siglo XIX que por ella lo amo más que nunca. Pero cuenta ahora tus congojas que de tanto yo hablar ya te has bebido media chela.
FICTICIO.- Pues al dar mi carta a quien previamente había dado el corazón, recibí al día siguiente, por respuesta, su gratitud y su adiós. Me dijo que le había gustado, mucho por cierto, que le había removido el atole de la emoción y que por eso mismo prefería alejarme de su vista para no tentar a la infidelidad con quien su novio es hoy. Por ello la he perdido, inclusive su amistad me negó sabiendo que mis intenciones, aunque amistosas, ofrecían lascivia a borbotón.
RUMOROSO.- Qué mal, mi buen Ficticio; qué mal, mi buen cabrón.
FICTICIO.- Hubiera preferido que mis líneas no le agradaran tanto, mas cediera al capricho de mi tentación.
RUMOROSO.- Yo hubiera preferido que se mochara.
FICTICIO.- Eso mismo he dicho yo.
RUMOROSO.- Hablo de la mía.
FICTICIO.- De la mía hablo yo. Mas, mejor hubiera sido que se mocharan las dos.

miércoles, 30 de enero de 2008

Del "Recetario Para no evitar la depresión" del Dr. Pinoult

Mi buen amigo, Dhu Dhu, está triste. Acaba de pasar por el terrible proceso de una separación. Su chica decidió ya no vivir con él y él ha decidido no insistir en ningún sentido, así que inicia su ciclo el siempre incómodo ritual de la mudanza y el abandono… Mudanza de ella; que se va y se lleva, entre otras cosas, más que sus cosas, aquellas pequeñas cosas: cepillo de dientes, perfumes del botiquín, su toalla. Abandono de él, pero de él a sí mismo porque, no nos engañemos, lo peor de una separación no es que la pareja se vaya; lo horripilante comienza cuando uno mismo se abandona.
Dhu Dhu es un hombre íntegro. Sensato. A veces demasiado para mi gusto, ya que el hombre sensato suele no permitirse los descensos vertiginosos que promueve la depresión, evitando así la utilización benéfica de dichos descensos vertiginosos en lo que he denominado catártica caída, sumamente útil en la superación del duelo. Mi amigo Dhu Dhu, en tanto psicólogo, sabrá mejor que yo que reprimir una emoción doliente haciéndose pasar por estóico, firme y contundente puede ocasionar peores consecuencias.

En cuestiones amorosas, inevitable es la caída. No es fortuito el juego lingüístico de la palabra “caer” en su etimología: del verbo en latín “cadere” de donde se desprenden “cadera” y “cadencia” palabras que, juntas, son de inminente peligrosidad. Además, si el enamoramiento genera la sensación de elevarse, lógico es pensar que el desenamoramiento provoque la sensación de “des elevarse”, es decir, caer. La caída, después del amor, es inevitable. Lo que está en nuestras manos es el exprimirle una función catártica a la caída, como una especie de exfoliación del alma.
Me gusta pensar, al hablar de esto, en las caídas de las gaviotas quienes, desde lo alto se “abandonan” precipitándose en vertiginoso descenso aprovechando su propio peso para incrementar la velocidad en su caída libre proveyéndose de un impulso que utilizarán, en una maniobra “U”, para adquirir mayor altura en una óptima utilización propulsora. Por tanto, el Operativo Gaviota consiste en aprovechar la caída para tomar el impulso necesario que permita una altura superior.
Con esto el símil “Después de la tempestad viene la calma” puede homologarse con tempestad = caída, calma = impacto. O bien: tempestad = caída, calma = altura superior. Así, sacándole jugo al agrio limón del desconsuelo, llegará el momento en que habrá de recogerse, descubriendo, con un suspiro entrecortado, que la tempestad pasó.
No sabemos el tiempo que una tempestad particular tarda en pasar, lo cierto es que ese tiempo está destinado a no ser grato. Craso error es pretender “pasarlo bien”, “dejar de pasarlo mal” cuando la herida está ahí, abierta y purulenta. Podemos empezar por aceptar y asimilar: “El tiempo que dure mi duelo es tiempo que no estaré bien” evitando así frustraciones de infructuosos esfuerzos…
Un siguiente paso sería desarrollar actividades que regularmente no nos placen pero, en tanto obligaciones, exigen su realización provocando malestar e incomodidad: asear la casa, pintar los muros, ordenar archiveros… tal malestar y tal incomodidad no importarán grandemente ya que, de todas maneras estamos mal e incómodos en nuestra depresión. Y la gran ventaja es que, al pasar la tormenta, nos habremos librado de la lista de pendientes enfadosos evitando así la estimulación de una posible re caída.
“¿De dónde saco el ánimo para ponerme a barrer, pintar paredes o asear?” es la pregunta pusilánime del abatido. Completamente normal. El punto es que no hay que sacar ánimo de ningún lado. Sólo hay que hacerlo; sin pizca de entusiasmo, sin motivación; llorando, sin haberse bañado. No importa. Sólo hacerlo.
Continuara…

jueves, 15 de noviembre de 2007

Sueños son

.- Cuéntame, Sergio Edmundo, ¿qué más pasaba en tu sueño?
.- No, Shere, te digo que está muy bizarro…
.- ¿Cuántas veces te he dicho que bizarro quiere decir valiente, generoso, lúcido, espléndido…? No es correcto que uses esa palabra para a referirte a incoherente, anómalo, descontextualizado…
.- Ay ya, señorita corrección, mejor no te cuento nada.
.- No, no. Sígueme contando. Entonces soñaste que legalizaban el aborto. ¿Y luego?
.- …Mamá cocinaba cuando el tarado ese que da las noticias a gritos dijo: “despenalizan el aborto”…
-¡Sergio Edmundo! –clamó mi mamá.
Fui a la cocina pensando que me hablaba para cenar cuando de pronto un zarpazo con el cuchillo gin zu rasgó mi playera dejando un surco de sangre a la altura de mi abdomen. Mamá estaba como cuando mató a esa rata ¿recuerdas? En su gesto había una mezcla de odio y repulsión…
Eufórica corría tras de mí con cuchillo gin zu en mano haciendo gala de habilidades samurai que no le conocía. Entre zarpazo y zarpazo gritaba frenética: ¡Ya legalizaron el aborto, ya lo legalizaron! ¡Despenalización, ya no hay pena!...
Empapado en sudor me arrojé, en cámara lenta, por la ventana. Los cristales rotos sólo me arañaron un poco y la vertiginosa caída al pasto me torció el pie derecho…
.- Vives en plata baja ¿no?
.- Sí. …Después corrí, corrí… Corrí por calles sucias llenas de gente que vendía clones de DVD que no se veían bien…
.- ¿Por qué eran piratas?
.- No. Claro que eran piratas. Pero estaban mal grabados, ¡maldita sea! Y yo, corriendo por las calles, era el personaje de la película en el televisor del clonero. Quería ver que más me iba a pasar pero ¡No se veía bien, maldita sea! Se oían las risas del cine, se veían sombras de gente acomodándose en las butacas… Golpeé el televisor y se rompió con la tercera descarga de mi puño. El clonero me exigió que lo pagara, yo no tenía dinero, nunca tengo dinero. A lo lejos venía mamá agitando en el aire el cuchillo gin zu. Huí. Corrí a toda velocidad; ahora también me perseguía el clonero arrojándome CD’s como si fueran letales estrellas de ninja; intentaba esquivarlos mientras corría pero la grasa de las frituras a las que soy adicto empezaba a salírseme por la herida y me hacía resbalar, así que, perdiendo el equilibrio, fui presa fácil de los letales CD’s ninja. Estaba a punto de desplomarme, no podía más. Entonces al dar la vuelta en una esquina… ¡Lo más extraño de mi sueño! Aparecí de pronto en la plancha del Zócalo en donde había dieciocho mil personas desnudas. Todas sobre el suelo en posición fetal... En eso desperté.
.- ¿Así nada más? ¿Sin desenlace?
.- Sí, como un clon mal grabado que de pronto ya no se ve.
.- ¿Y qué hacían ahí los encuerados en posición fetal?
.- Iban a ser abortados pero el experimento falló. Precisamente por la misma razón que mamá no ha querido comprender: la ley no es retroactiva.